miércoles, 23 de julio de 2014

23) EL ARTE DE LA FELICIDAD

Cada fenómeno, cada acontecimiento, tiene aspectos diferentes. Todo tiene una naturaleza relativa. El Dalai Lama plantea que cree que todos los seres humanos somos iguales, naturalmente, pueden existir diferencias en cuanto al bagaje cultural o el estilo de vida, pueden haber diferencias en nuestra fe, o quizá tengamos un color de piel diferente, pero todos somos seres humanos, compuestos por un cuerpo humano y una mente humana. Nuestra estructura física es la misma, como también lo es nuestra mente y nuestra naturaleza emocional. Si somos capaces de dejar las diferencias a un lado, podemos comunicarnos más fácilmente, intercambiar ideas y compartir experiencias.

A veces resulta muy difícil explicar por qué las personas hacen lo que hacen. A menudo descubrimos que no hay explicaciones sencillas, siendo la mente del ser humano tan compleja, es bastante difícil comprender lo que está ocurriendo exactamente. Desde el punto de vista budista, son muchos los factores que contribuyen a cualquier acontecimiento o situación dada, de hecho, pueden haber tantos factores que a veces es imposible encontrar una explicación completa de lo que ocurre, al menos en términos convencionales. El enfoque occidental difiere en algunos aspectos del enfoque budista, sobre todo cuando se trata de determinar el origen de los problemas de la persona. En los modos occidentales de análisis subyace una muy fuerte tendencia racionalista, la suposición de que todo puede explicarse.

En la moderna sociedad occidental parece dominar un potente condicionamiento cultural basado en la ciencia. En algunos casos, sin embargo, las premisas y parámetros básicos de la ciencia occidental pueden limitar su capacidad para abordar ciertas realidades. Cuando los occidentales nos encontramos con fenómenos que no se pueden explicar, surge una especie de tensión que es casi un sentimiento de angustia.

En el budismo existe la idea de las disposiciones y huellas dejadas por ciertos tipos de experiencia, algo similar a la idea del inconsciente en la psicología occidental. En el pasado, por ejemplo, puede haber ocurrido algún acontecimiento que ha dejado una huella muy fuerte en la mente. Una huella que quizá permanece oculta y que afecta el comportamiento.

El budismo puede aceptar muchas de las hipótesis planteadas por los teóricos occidentales, pero además añade otras, por ejemplo, el condicionamiento y las huellas dejadas por vidas anteriores. En la psicología occidental, sin embargo, existe una tendencia a subrayar en exceso el papel del inconsciente a la hora de buscar el origen de los problemas. Eso proviene de algunos de los supuestos básicos de la psicología occidental, que no acepta, por ejemplo, la idea de que las huellas que observamos en esta vida puedan proceder de una vida anterior, así como el supuesto de que todo tiene explicación dentro de esta vida.

En occidente, cuando no puedes encontrar la causa de ciertos comportamientos o problemas, aparece la tendencia a localizarla en el inconsciente. Es como si hubieras perdido algo y decidieras que el objeto se encuentra en esta habitación. Una vez tomada esa decisión, ya has fijado tus parámetros y excluido la posibilidad de que el objeto se encuentre en otra habitación, así que continúas buscando aquí sin cesar, pero no encuentras lo perdido, a pesar de lo cual sigues suponiendo que está en esta habitación. El enfoque budista implica un análisis mucho más amplio y complejo, de innumerables matices.

La comprensión de la mente y del comportamiento humanos del Dalai Lama, se fundamenta en toda una vida de estudio. Sus puntos de vista se hallan enraizados en una tradición de dos mil quinientos años, pero también en el sentido común y en una profunda comprensión de los problemas modernos. Un enfoque a la vez optimista y realista.

El movimiento primordial de nuestra vida nos encamina en pos de la felicidad. Tanto si tenemos creencias religiosas como si no las tenemos, si se cree en tal o cual religión, todos buscamos algo mejor en la vida. Pareciera que el propósito fundamental de nuestra vida es buscar la felicidad. El Dalai Lama afirma que está convencido de que se puede alcanzar la felicidad mediante el entrenamiento de la mente, entendida no únicamente como psique o intelecto, sino como un concepto más amplio que también incluye sentimiento, corazón y cerebro. Al imponer cierta disciplina interna, podemos experimentar una transformación de nuestra actitud, de toda nuestra perspectiva y nuestro enfoque de la vida.

Hablar de esta disciplina interna supone señalar muchos factores y quizá también referencia a muchos métodos, pero en términos generales, uno empieza por identificar aquellos factores que conducen a la felicidad y los que conducen al sufrimiento. Una vez hecho eso, es necesario eliminar gradualmente los factores que llevan al sufrimiento mediante el cultivo de los que llevan a la felicidad. Ese es el camino.

La felicidad personal se manifiesta como una sencilla voluntad de abrirse a los demás, de crear un clima de afinidad y buena voluntad, incluso en los encuentros de breve duración. Nuestros días están contados. En este momento, muchos miles de seres nacen en el mundo, algunos destinados a vivir sólo unos pocos días o semanas, para luego sucumbir a la enfermedad o cualquier otra desgracia. Otros están destinados a vivir hasta un siglo, incluso más, y a experimentar todo lo que la vida nos puede ofrecer: triunfo, desesperación, alegría, odio y amor. Tanto si vivimos un día como un siglo, el propósito de nuestra vida es buscar la felicidad. Esta afirmación parece dictada por el sentido común, y muchos pensadores occidentales han estado de acuerdo con ella, desde Aristóteles hasta William James.

Pareciera que una vida basada en la búsqueda de la felicidad es por naturaleza egoísta o un poco juiciosa, pero no necesariamente. De hecho, muchas investigaciones han demostrado que son las personas desdichadas las que tienden a estar más centradas en sí mismas; son a menudo retraídas, melancólicas e incluso más propensas a a enemistad. Las personas felices, por el contrario, son generalmente más sociables, flexibles y creativas, más capaces de tolerar las frustraciones cotidianas y, lo que es más importante, son más cariñosas y compasivas que las personas desdichadas.

Investigadores han realizado experimentos interesantes que demuestran que las personas felices poseen una voluntad de acercamiento y ayuda con respecto a los demás. Las personas que se sienten felices son amables. Esta clase de experimentos contradicen la noción de que la búsqueda y el alcance de la felicidad personal conducen al egoísmo y al ensimismamiento. Empezamos pues, con la premisa básica de que el propósito de nuestra vida consiste en buscar la felicidad. Al empezar a identificar los factores que conducen a una vida más feliz, aprenderemos que la búsqueda de la felicidad produce beneficios, no sólo para el individuo, sino también para las personas que lo rodean y para el conjunto de la sociedad.

La felicidad está determinada más por el estado mental que por los acontecimientos externos. El éxito puede dar como resultado una sensación temporal de regocijo, o la tragedia puede arrojarnos a un período de depresión, pero nuestro estado de ánimo tiende a recuperar tarde o temprano un cierto tono normal. Los psicólogos llaman "adaptación" a este proceso, y todos podemos observar cómo actúa en nuestra vida cotidiana: un aumento de sueldo, un coche nuevo o el reconocimiento por parte de nuestros semejantes pueden levantar nuestro ánimo durante un tiempo, pero no tardamos en regresar a nuestro nivel habitual. Del mismo modo, la discusión con un amigo, el tener que dejar el coche en el taller, o algún contratiempo nos deja abatidos, pero nos volvemos a animar en cuestión de días.

Investigaciones realizadas con los ganadores de la lotería estatal de Illinois o la lotería británica descubrieron que el entusiasmo inicial terminaba por desaparecer y los individuos regresaban a su estado de ánimo habitual. Otros estudios han demostrado que incluso quienes se han visto afectados por acontecimientos catastróficos, como el cáncer, la ceguera o la parálisis, suelen recuperar o aproximarse mucho a su nivel anímico normal después de un período de adaptación. Así pues, siempre regresamos a nuestro nivel habitual, con independencia de las condiciones externas que nos afectan.

Algunos investigadores han argumentado que el nivel de bienestar de cada individuo está determinado genéticamente, al menos hasta cierto punto. Estudios como el que ha descubierto que los gemelos idénticos (que comparten la misma dotación genética) tienden a mostrar niveles anímicos muy similares, al margen de que fueran educados juntos o separados, han inducido a los investigadores a postular la existencia de una tendencia determinada biológicamente, presente ya en el cerebro en el momento de nacer. Pero aunque la dotación genética tuviera un papel en la felicidad cuya importancia aún no se ha establecido, la mayoría de los psicólogos están de acuerdo en que, al margen de ella, podemos trabajar con el "factor mental" e intensificar las sensaciones que tenemos de felicidad. Ello se debe a que nuestra felicidad cotidiana está determinada en buena medida por nuestra perspectiva. De hecho, que nos sintamos felices o desdichados en un momento determinado, frecuentemente tiene que ver sobre todo con la forma de percibir nuestra situación, con lo satisfechos que nos sintamos con lo que tenemos actualmente.

Lo que define nuestra percepción y nivel de satisfacción son sensaciones frecuentemente influidas por nuestra tendencia a comparar. Al comparar nuestra situación actual con el pasado y descubrir que estamos mejor, nos sentimos felices. Comparamos nuestros ingresos actuales con los pasados, miramos alrededor y nos comparamos con los demás. Por mucho que ganemos, tendemos a sentirnos insatisfechos si el vecino está ganando más. Vemos, pues, que nuestros sentimientos de satisfacción dependen a menudo de tales comparaciones. Naturalmente, también las establecemos con respecto a otras cosas. La comparación constante con quienes son más listos, más atractivos y obtienen más triunfos que nosotros tiende a alimentar la envidia, la frustración y la infelicidad. Pero también podemos utilizar esta actitud de una manera positiva; es posible intensificar nuestra sensación de satisfacción vital parangonándonos con aquellos que son menos afortunados y apreciando lo que tenemos.

Los investigadores han llevado a cabo una serie de experimentos que demuestran que el nivel de satisfacción vital se eleva al cambiar simplemente la perspectiva y considerar situaciones peores. Esos experimentos indican con claridad el papel de la actitud mental. El Dalai Lama explica que aunque es posible alcanzar la felicidad, ésta no es algo simple, pues existen muchos niveles. En el budismo, por ejemplo, se hace referencia a cuatro factores de la realización o la felicidad: riqueza, satisfacción mundana, espiritualidad e iluminación. Juntos abarcan la totalidad de expectativas de felicidad de un individuo.

Si dejamos a un lado por un momento las más altas aspiraciones religiosas o espirituales, como la perfección y la iluminación, y abordamos la alegría y felicidad como tal las entendemos desde una perspectiva mundana. Dentro de este contexto, hay ciertos elementos clave que contribuyen a la alegría y felicidad. La buena salud, por ejemplo, se considera un elemento necesario de una vida feliz. otra fuente de felicidad son nuestras posesiones materiales o el grado de riqueza que acumulamos y también tener amistades o compañeros. Todos reconocemos que, para disfrutar de una vida plena, necesitamos de un cúmulo de amigos con los que podamos relacionarnos emocionalmente y en los que podamos confiar. Todos estos factores son, de hecho, fuentes de felicidad. Pero para que un individuo pueda utilizarlos plenamente con el propósito de disfrutar de una vida feliz y realizada, la clave se encuentra en el estado de ánimo. Es lo esencial.

Si utilizamos de forma positiva nuestras circunstancias favorables, como la riqueza o la buena salud, éstas pueden transformarse en factores que contribuyan a alcanzar una vida más feliz. Y, naturalmente, disfrutamos de nuestras posesiones materiales, éxito, etcétera. Pero sin la actitud mental correcta, sin atención a ese factor, esas cosas tienen muy poco impacto sobre nuestros sentimientos a largo plazo. Si, por ejemplo, se abrigan sentimientos de odio o de intensa cólera, se quebranta la salud, destruyendo así una de las circunstancias favorables. Cuando uno se siente infeliz o frustrado, e bienestar físico no sirve de mucha ayuda. Por otro lado, si se logra mantener un estado mental sereno y pacífico, se puede ser una persona feliz aunque se tenga una salud deficiente. Aun teniendo posesiones maravillosas, en un momento intenso de cólera o de odio nos gustaría tirarlo todo por la borda, romperlo todo. En ese momento, las posesiones no significan nada. En la actualidad hay sociedades materialmente muy desarrolladas en las que mucha gente no se siente feliz. Por debajo de la brillante superficie de opulencia hay una especie de inquietud que conduce a la frustración, a peleas innecesarias, a la dependencia de las drogas o del alcohol y, en el peor de los casos, al suicidio. No existe, pues, garantía alguna de que la riqueza pueda proporcionar, por sí sola, la alegría o la satisfacción que se buscan. Lo mismo cabe decir de los amigos. Desde el punto de vista de la cólera o el odio, hasta el amigo más íntimo parece glacial y distante. Todo esto muestra la tremenda influencia que tiene el estado mental sobre nuestra experiencia cotidiana. Por tanto, debemos tomarnos ese factor muy seriamente.

Así pues, dejando aparte la perspectiva de la práctica espiritual, incluso en los términos mundanos del disfrute de la existencia, cuanto mayor sea el nivel de calma de nuestra mente, tanto mayor será nuestra capacidad para disfrutar de una vida feliz. Este estado mental se refiere a un estado sereno, de paz mental, no deberíamos confundirlo con un estado mental insensible y apático. Tener un estado mental sereno o pacífico no significa permanecer distanciado o vacío. La paz mental o el estado de serenidad de la mente tiene sus raíces en el afecto y la compasión y supone un elevado nivel de sensibilidad y sentimiento. Cuando se carece de la disciplina interna que produce la serenidad mental no importan las posesiones o condiciones externas, ya que éstas nunca proporcionarán a la persona la sensación de alegría y felicidad que busca. Por otro lado, si se posee esta cualidad interna, la serenidad mental y estabilidad interior, es posible tener una vida gozosa, aunque falten las posesiones materiales que uno considera normalmente necesarias para alcanzar la felicidad.

Según el Dalai Lama, existen dos clases de deseos. Ciertos deseos son positivos. El deseo de alcanzar la felicidad, por ejemplo, es absolutamente correcto. El deseo de paz, de vivir en un mundo armonioso, más acogedor. Ciertos deseos son muy útiles. Pero se llega a un punto en que los deseos pueden ser insensatos. Eso suele producir problemas. El deseo basado en las necesidades esenciales de alimento, vestido y cobijo es razonable. A veces, que un deseo sea excesivo, negativo, depende de las circunstancias o de la sociedad en que se vive. Por ejemplo, si vives en una sociedad próspera, donde necesitas un coche para desenvolverte en tu vida cotidiana, es evidente que no hay nada erróneo en desearlo. Pero si vivieras en un pueblo pobre de la India, donde te las puedes arreglar bastante bien sin coche, desearlo podría ocasionarte problemas, aunque tuvieras dinero para comprarlo. Puede crear un sentimiento de incomodidad entre tus vecinos, etcétera. Si vives en una sociedad más próspera y tienes un coche pero sigues deseando otros más caros llegarás a tener la misma clase de problemas.

Un asesino puede experimentar una sensación de satisfacción en el momento de cometer el asesinato, pero eso no justifica su acto. Todas las acciones no virtuosas, como mentir, robar, cometer adulterio, etcétera, son realizadas por personas que en ese momento pueden experimentar satisfacción. La frontera entre lo negativo y lo positivo de un deseo o acción no viene determinada por la satisfacción inmediata, sino por los resultados finales, por las consecuencias positivas o negativas. En el caso de desear posesiones más caras, por ejemplo, si eso se basa en una actitud mental que sólo desea más y más, llegarás finalmente al límite de lo que puedes tener, te encontrarás con la realidad, y una vez que llegues a ese límite, te hundirás en la depresión. Ese es uno de los peligros inherentes a semejantes deseos. Estos deseos excesivos conducen a la avaricia basada en expectativas desmesuradas y al reflexionar sobre los excesos de la avaricia, descubrirás que conduce al individuo a la frustración y la desilusión, que le acarrea confusión y numerosos problemas. Cuando se habla de la avaricia, una cosa bastante característica de ella es que, aunque se llega por el deseo de obtener algo, no queda satisfecho al obtenerlo. En consecuencia, se transforma en algo ilimitado y sin fondo, por lo que proliferan las dificultades. lo irónico de la avaricia es que aun cuando la motivación fundamental es la búsqueda de la satisfacción, no te sientes satisfecho ni siquiera después de conseguir el objeto de tu deseo. El verdadero antídoto de la avaricia es el contento. Si vives contento, la consecución de bienes pierde importancia.

Para alcanzar la satisfacción interior hay dos métodos. Uno de ellos consiste en obtener todo aquello que deseamos y queremos, el dinero, las casas, los coches, la pareja y el cuerpo perfectos. El Dalai Lama ya había señalado la desventaja de este enfoque; si no controlamos nuestros deseos, tarde o temprano nos encontramos con algo que deseamos pero no podemos tener. El segundo método, mucho más fiable, consiste en querer y apreciar lo que tenemos.

La única actitud válida en la vida es apoyarte en tus recursos, ver qué es lo que puedes hacer aún y dar valor a tus aptitudes. Trabajar en nuestra perspectiva mental es un medio más efectivo para alcanzar la felicidad que buscarla en fuentes externas, como la riqueza, la posición y hasta la salud. Otra fuente interna de felicidad, estrechamente relacionada con un sentimiento de satisfacción, es la conciencia del propio valor. Existe una fuente de valor y dignidad a partir de la cual puede uno relacionarse con otros seres humanos. Puedes relacionarte con ellos porque perteneces a la comunidad humana. Compartes ese vínculo con todos. Y ese vínculo es suficiente para crear una conciencia de valor y dignidad y puede convertirse en un consuelo en el caso de que pierdas todos los demás. La vida resulta muy dura sin ese sentimiento de afecto y conexión con los demás seres humanos.

En términos generales, encontramos dos clases de individuos poderosos. Por un lado está la persona enriquecida y de éxito, rodeada de parientes, etcétera. Si la fuente en la que esa persona alimenta su dignidad y autoestima es únicamente material, quizá pueda mantener una sensación de seguridad mientras dure su buena fortuna. Pero cuando ésta se desvanezca, la persona sufrirá, porque no hay para ella ningún otro refugio. Por otro lado, tenemos a la persona que disfruta de un bienestar material similar pero es cálida y afectuosa y abriga sentimientos compasivos. Al tener otra fuente para su dignidad, es probable que no se sienta deprimida si llega a desaparecer su fortuna. Estos ejemplos muestran el valor práctico del calor y afecto humanos.

Hay veces en que la gente confunde felicidad con placer. El Dalai Lama explica que desde su punto de vista, la felicidad más alta se produce al llegar a la fase de liberación, en la que ya no existe más sufrimiento. La auténtica felicidad se relaciona más con la mente que con el corazón. La felicidad que depende principalmente del placer físico es inestable, un día existe y al día siguiente puede haber desaparecido. La felicidad y el placer son dos cosas diferentes, sin embargo, los seres humanos tenemos una tendencia a confundirlas.

Todos los días nos enfrentamos con numerosas alternativas y, por mucho que lo intentemos, a menudo no elegimos lo que es "bueno para nosotros". Ello está relacionado en parte con el hecho de que la "elección correcta" a menudo supone sacrificar nuestro placer. Sigmund Freud formuló sus teorías sobre el placer. Según Freud, la fuerza motivadora fundamental de todo aparato psíquico era el deseo de aliviar la tensión causada por los impulsos instintivos insatisfechos; en otras palabras, que nuestra motivación fundamental es la búsqueda del placer. En realidad, ninguno de nosotros necesita de filósofos, psicoanalistas o científicos para que nos ayuden a comprender qué es el placer, simplemente lo sabemos cuando lo sentimos. Lo reconocemos en el contacto o la sonrisa de un ser querido, en el lujo de un baño caliente en una tarde lluviosa y fría, en la belleza de una puesta de sol. Pero muchos de nosotros experimentamos también placer en la frenética rapsodia de la cocaína, en el éxtasis de un "viaje de heroína", en la diversión tumultuosa de una juerga llena de alcohol, en el arrobamiento de los excesos sexuales, en el entusiasmo de un acierto en el juego. Ésos también son placeres muy reales, con los que muchos de nosotros aprendemos a convivir. Aunque no hay formas fáciles de evitar estos placeres destructivos, disponemos afortunadamente de una certeza como punto de partida: el simple hecho de recordar lo que buscamos en la vida es la felicidad. Tal como señala el Dalai Lama, ese es un hecho incontestable. Si afrontamos la vida teniéndolo en cuenta, nos será más fácil renunciar a las cosas que, en último término, son nocivas, aunque nos proporcionen un placer momentáneo.

Existe un enfoque que puede ayudarnos: enmarcar cualquier decisión que afrontemos preguntándonos "¿Me producirá felicidad?". Esa simple pregunta puede ser una poderosa ayuda en todas las circunstancias, no sólo en la decisión de consumir drogas o tomar una tercera ración de pastel, sino que contribuye a enfocarlo todo desde un ángulo distinto. Al afrontar nuestras decisiones cotidianas teniendo esto en cuenta, desplazamos el centro de atención de aquello a lo que renunciamos a la búsqueda de la felicidad definitiva. Una clase de felicidad que, como definió el Dalai Lama, sea estable y persistente. Un estado de felicidad que permanezca, a pesar de los altibajos de la vida y de las fluctuaciones, de nuestro estado de ánimo, como parte de la matriz misma de nuestro ser. Desde esa perspectiva nos resultará mucho más fácil tomar la "decisión correcta" porque estaremos actuando para dotarnos de algo permanente, con una actitud que supone moverse hacia algo, en lugar de alejarse, que significa abrazar la vida en lugar de rechazarla. Este movimiento hacia la felicidad puede tener un efecto muy profundo: puede hacernos más receptivos, más abiertos a la alegría de vivir.

El hecho de señalar el estado mental como el factor fundamental para alcanzar la felicidad no significa negar que debemos satisfacer nuestras necesidades físicas básicas de alimentación, vestido y cobijo. Pero una vez satisfechas esas necesidades, el mensaje es claro: no necesitamos más dinero, ni más éxito o fama, no necesitamos tener un cuerpo perfecto ni una pareja perfecta... en este momento tenemos ya una mente con todo lo imprescindible para alcanzar la completa felicidad. Hay miles de "mentalidades" diferentes, entre ellas, algunas son muy útiles y deberíamos fomentarlas, otras son negativas, y deberíamos intentar desecharlas. El primer paso en la búsqueda de la felicidad es aprender. Tenemos que aprender cómo las emociones y los comportamientos negativos son nocivos y cómo son útiles las emociones positivas. Tenemos que darnos cuenta de que dichas emociones no sólo son malas para cada uno de nosotros, personalmente, sino también para la sociedad y el futuro del mundo. Saberlo fortalece nuestra determinación de afrontarlas y superarlas. Por otra parte, debemos ser conscientes de los efectos beneficiosos de las emociones y comportamientos positivos; ello nos llevará a cultivar, desarrollar y aumentar esas emociones, por difícil que sea: tenemos una fuerza interior espontánea.

A través de este proceso de aprendizaje, del análisis de los pensamientos y emociones, desarrollamos gradualmente la firme terminación de cambiar, con la certidumbre de que tenemos en nuestras manos el secreto de nuestra felicidad, de nuestro futuro, y de que no debemos desperdiciarlo. En el budismo se acepta el principio de causalidad como una ley natural. Al tratar con la realidad, hay que tener en cuenta esa ley. Así, por ejemplo, en ciertos acontecimientos indeseables, el mejor método para asegurarse de que no vuelvan a ocurrir es procurar que no se repitan las condiciones que los producen. Del modo similar, si quieres tener una experiencia determinada, lo más lógico es buscar y acumular aquellas causas y condiciones que la favorecen.

El factor mental es de una importancia suprema para alcanzar la felicidad y la siguiente tarea, una vez comprendido esto, es examinar la variedad de estados mentales que experimentamos. Necesitamos identificarlos con claridad y clasificarlos en función de que nos conduzcan o no a la felicidad. El odio, los celos y la cólera son nocivos, son estados negativos de la mente porque destruyen nuestro bienestar mental. Cuando se abrigan sentimientos de odio o de animadversión hacia alguien, cuando la persona se siente llena de odio o de emociones negativas, todo parece hostil. La consecuencia es que hay más temor, una mayor inhibición e indecisión, una sensación de inseguridad. Estas cosas, al igual que la soledad, se desarrollan en un mundo que se considera hostil. Todos estos sentimientos negativos se desarrollan debido al odio. Por otro lado, los estados mentales como la afabilidad y la compasión son definitivamente positivos. Son muy útiles.

El Dalai Lama considera saludable a una persona compasiva, cálida y de corazón bondadoso. Si tienes sentimientos de compasión y deseas ser amable, hay algo que abre automáticamente tu puerta interior y puedes comunicarte mucho más fácilmente con otras personas. Ese sentimiento de cordialidad ayuda a abrirse a los demás. Se descubre entonces que todos los seres humanos son como uno mismo, de modo que puedes relacionarte más fácilmente con ellos. Entonces hay menos necesidad de ocultar las cosas y, como resultado, desaparecen los sentimientos de temor, las dudas sobre uno mismo y la inseguridad. Eso inspira también confianza en torno a ti. Podría pasar, por ejemplo, que encuentres a alguien muy competente y sepas que puedes confiar en sus aptitudes, pero si esa persona no es amable, surgen en ti algunas reservas. El recelo siempre te distanciará. Cultivar los estados mentales positivos, como la amabilidad y la compasión, conduce decididamente a una mejor salud psicológica y a la felicidad. Podemos clasificar a las emociones simplemente sobre la base de si conducen o no a la felicidad última.

Alcanzar la verdadera felicidad exige producir una transformación en las perspectivas, en la forma de pensar, y eso no es tan sencillo, para ello es preciso aplicar muchos factores diferentes desde distintas direcciones. No existe una única clave, un secreto que, si se llega a develar, haría que todo marche bien. Es más bien como cuidar adecuadamente al propio cuerpo, se necesitan diversas vitaminas y nutrientes, no sólo uno o dos. Para alcanzar la felicidad hay que utilizar una variedad de enfoques y métodos, superar los variados y complejos estados negativos. Si tratas de superar ciertas formas negativas de pensar, no podrás conseguirlo practicando una técnica una o dos veces. El cambio requiere tiempo, incluso el cambio físico lo exige. Si te trasladas de un clima a otro, por ejemplo, el cuerpo necesita tiempo para adaptarse. Hay muchos rasgos mentales negativos, de modo que afrontarlos y contraatacar no es fácil. Requiere la reiterada aplicación de diversas técnicas y tomarse el tiempo necesario para familiarizarse con ellas. Se trata de un proceso de aprendizaje.

A medida que pasa el tiempo, se van acumulando los cambios positivos. Cada día al levantarte, puedes desarrollar una sincera motivación positiva al pensar: "Utilizaré este día de una forma positiva. No desperdiciaré este día". Luego, por la noche, antes de acostarte, analiza lo que has hecho y pregúntate "¿Utilicé este día como lo tenía previsto?". Si todo se desarrolló tal como lo habías pensado, deberías alegrarte por ello. Si alguna cosa salió mal, lamenta lo que hiciste y examínalo críticamente. Gracias a métodos como éste, puedes ir fortaleciendo los aspectos positivos de la mente. Es importante aprender el valor positivo de las prácticas, luego incrementar la propia determinación y finalmente tratar de ponerlas en práctica. Al principio, la utilización de las prácticas positivas es muy débil, porque las influencias negativas siguen siendo muy poderosas. Finalmente, sin embargo, a medida que intensificas las prácticas positivas, disminuyen los comportamientos negativos. La práctica del Dharma es una batalla constante dentro de nosotros, en la que se trata de sustituir el condicionamiento o la costumbre negativa por un condicionamiento positivo.

No hay actividad que no se torne más fácil gracias al entrenamiento constante. Podemos cambiar, transformarnos a través del entrenamiento. En la práctica budista existen varios métodos para mantener una mente serena cuando sucede algo perturbador. La práctica repetida de ellos nos permite llegar a un punto en el que los efectos negativos de una perturbación no pasen más allá del nivel superficial de nuestra mente, como las olas que agitan la superficie del océano pero que no tienen gran efecto en sus profundidades. La estructura y función del cerebro permiten el entrenamiento sistemático de la mente, el cultivo de la felicidad, la genuina transformación interna mediante la atención hacia los estados mentales positivos y el rechazo de los negativos. Hemos nacido con un cerebro que está genéticamente dotado de ciertas pautas de comportamiento instintivo; estamos predispuestos mental, emocional y físicamente a responder adecuadamente para sobrevivir. Este conjunto de instrucciones está codificado en innumerables pautas innatas de activación de las células nerviosas, en combinaciones específicas de células cerebrales que actúan en respuesta a cualquier acontecimiento, experiencia o pensamiento dado. Pero el cableado de nuestro cerebro no es estático, ni está fijado de un modo irrevocable. Nuestros cerebros también son adaptables. Los neurólogos han documentado el hecho de que el cerebro es capaz de diseñar nuevas pautas, nuevas combinaciones de células nerviosas y neurotransmisores (sustancias químicas que transmiten mensajes entre las células nerviosas) en repuesta a nuevas informaciones. Nuestros cerebros son maleables, cambian continuamente, recomponen sus conexiones nerviosas al compás de nuevos pensamientos y experiencias. Como resultado del aprendizaje, la función de las neuronas cambia, permitiendo que las señales eléctricas viajen más fácilmente a través de ellas. A la capacidad inherente del cerebro para cambiar, los científicos la llaman "plasticidad".

Esta capacidad para modificar el "cableado" del cerebro, para producir nuevas conexiones neuronales, ha quedado demostrada en experimentos como el realizado por los doctores Avi Karni y Leslie Underleider, quienes pidieron a algunos individuos que realizaran una sencilla tarea motora, un ejercicio de tecleo, e identificaron partes del cerebro implicadas en la tarea, tomando un escáner cerebral MRI. A continuación, los sujetos practicaron diariamente el ejercicio durante cuatro semanas, de modo que gradualmente fueron más eficientes y rápidos en su ejecución. Al final del período de cuatro semanas, el escáner cerebral mostró que la zona que intervenía en la tarea había exigido la utilización de nuevas células nerviosas y cambiado conexiones neuronales originarias. Esta notable hazaña del cerebro parece constituir la base fisiológica de la posibilidad de transformar nuestras mentes. Al movilizar nuestros pensamientos y practicar nuevas formas de pensar, podemos reconfigurar nuestras células nerviosas y cambiar la forma en que funciona nuestro cerebro. También constituye la base para la idea de que la transformación interna se inicia con el aprendizaje (nueva información) e implica la disciplina de sustituir gradualmente nuestro "condicionamiento negativo" (que se corresponde con nuestra característica actual de pautas de activación celular nerviosa) por un "condicionamiento positivo" (formar nuevos circuitos neuronales). Así pues, la idea de entrenar la mente para alcanzar la felicidad se convierte en una posibilidad real.

Los grandes maestros como Buda, nos aconsejan realizar acciones sanas y evitar las que no lo sean, lo cual depende del grado de disciplina mental. Una mente disciplinada conduce a la felicidad y una mente indisciplinada al sufrimiento; de hecho, imponer disciplina en la propia mente es la esencia misma de la enseñanza de Buda. Por esta disciplina debe entenderse la autodisciplina, no la que se nos impone externamente. También se refiere a la disciplina aplicada para superar los rasgos negativos. Una banda criminal puede necesitar disciplina para cometer un atraco con éxito, pero esa disciplina es inútil. Una mente no entrenada o indisciplinada suele provocar comportamientos negativos o insanos, de modo que tenemos que aprender y entrenarnos para aumentar nuestros comportamientos positivos. El conocimiento no es algo que llegue hasta nosotros de manera natural, tenemos que practicar, tenemos que pasar por una especie de programa sistemático de entrenamiento. A veces incluso consideraos que esa educación y entrenamiento convencionales son bastante duros; si no lo fueran, ¿por qué los estudiantes tienen tantas ganas de que lleguen las vacaciones? Y, sin embargo, sabemos que la educación es necesaria en términos generales para alcanzar el éxito y el bienestar. Del mismo modo, es posible que no tengamos una inclinación natural a realizar actos sanos, que tengamos que ser conscientemente entrenados para realizarlos. Esto es así, particularmente en la sociedad moderna, porque hay una tendencia a aceptar que todo lo referido a actos sanos e insanos (qué debemos y qué no debemos hacer) pertenece al ámbito de la religión. Tradicionalmente se ha considerado responsabilidad de la religión el prescribir qué comportamientos son sanos y cuáles no. En la sociedad actual, sin embargo, la religión ha perdido mucho de su prestigio e influencia. Y, al mismo tiempo, no ha surgido algo que pueda sustituirla, algo como por ejemplo una ética laica. Así pues, parece que se presta menos atención a la necesidad de llevar una vida saludable. Muchas veces nos vemos obligados a realizar un esfuerzo para tener acceso a esa clase de conocimiento. Por ejemplo, aunque nuestra naturaleza es fundamentalmente apacible y compasiva, no es suficiente: tenemos que desarrollar una aguda conciencia de esa condición. Cambiar nuestra forma de percibirnos, a través del aprendizaje y la comprensión, puede ejercer una influencia poderosa en nuestra relación con los demás y en la conducción de nuestras vidas.

Cuando se habla de conocimiento que conduce a la libertad o a la resolución de un problema, hay que entender que existen muchos niveles diferentes. Cuanto más vastos sean nuestros conocimientos, tanto más aptos seremos para afrontar el mundo natural. También se necesita capacidad para juzgar las consecuencias de nuestros comportamientos a largo y a corto plazo. La cosa no es tan sencilla como poner la mano en el fuego, notar la quemadura y no volver a hacerlo en el futuro. Cuanto más elevado sea tu nivel de educación y de conocimiento acerca de lo que conduce a la felicidad y lo que causa el sufrimiento, tanto más efectivo serás para alcanzar aquélla. La educación y el conocimiento son esenciales. Uno de los problemas de nuestra sociedad es que considera la educación sólo como un medio para ser más astuto e ingenioso. En ocasiones incluso se opina que los que no han recibido una educación superior, los que son menos sutiles en términos de su formación, tiene que ser más inocentes y honrados. Aunque nuestra sociedad no lo destaque, el uso más importante del conocimiento y de la educación consiste en ayudarnos a comprender la importancia de tener acciones sanas y aportar disciplina a nuestras mentes. La utilización adecuada de nuestra inteligencia y conocimientos estriba en efectuar cambios desde dentro para desarrollar un buen corazón.

Estamos hechos para buscar la felicidad y está claro que los sentimientos de amor, afecto, intimidad y compasión traen consigo la felicidad. Todos poseemos la base para ser felices, para acceder a esos estados cálidos y compasivos de la mete que aportan felicidad. Una de las convicciones fundamentales del Dalai Lama es que la naturaleza básica o fundamental de los seres humanos es la benevolencia. La doctrina de la "naturaleza de Buda" aporta fundamentos para creer que la naturaleza de todos los seres sensibles es esencialmente benévola y no agresiva. Pero ese punto de vista también se puede adoptar sin necesidad de recurrir a la "naturaleza de Buda". La cuestión del afecto y la compasión no pertenece exclusivamente a la esfera religiosa, sino que es indispensable en las consideraciones cotidianas. Si analizamos la existencia, vemos que estamos fundamentalmente alentados por el afecto de los demás. Eso es algo que se inicia en el momento de nacer. Nuestra propia estructura física parece corresponderse con sentimientos de amor y compasión. Un estado mental sereno y afectuoso tiene efectos beneficiosos para nuestra salud. A la inversa, los sentimientos de frustración, temor, agitación y cólera pueden ser destructivos para ella. Nuestro equilibrio emocional se robustece gracias a los sentimientos de afecto. Para comprenderlo sólo tenemos que pensar en cómo nos sentimos cuando otros nos manifiestan calor y afecto. También podemos observar cómo nos afectan nuestros sentimientos. Estas emociones positivas y los comportamientos que las acompañan conducen a una vida familiar y social más feliz.

Los conflictos y las tensiones existen, no sólo dentro del individuo, sino también en la familia, en nuestras relaciones, nuestro país y el mundo. Así pues, al abordar esta situación, algunas personas llegan a la conclusión de que la naturaleza humana es básicamente agresiva. A pesar de todo, el Dalai Lama está convencido de que la naturaleza humana es esencialmente compasiva y bondadosa. La cólera, la violencia y la agresividad pueden surgir, pero considera que se producen en un nivel secundario y más superficial. En cierto modo, brotan cuando nos sentimos frustrados en nuestros esfuerzos por lograr amor y afecto. No forman parte de nuestra naturaleza básica. Puede haber agresividad, pero es resultado del intelecto, de la inteligencia desequilibrada, del mal uso de ella, o de nuestra imaginación. A medida que la sociedad humana y las condiciones de vida fueron haciéndose más complejas, el papel de la inteligencia y la capacidad cognitiva para satisfacer crecientes exigencias cobró mayor importancia. Nuestra naturaleza subyacente o fundamental es la afable y la inteligencia viene de una evolución posterior. Si la inteligencia y la capacidad cognitiva se desarrollan de manera desequilibrada, sin ser adecuadamente contrarrestadas por la compasión, pueden ser destructivas y conducir al desastre. También es importante reconocer que si bien los conflictos son originados por el mal uso de la inteligencia, podemos utilizar ésta para descubrir medios que nos permiten superarlos. Al utilizar conjuntamente la inteligencia y la bondad, todas las acciones humanas son constructivas. Al combinar el corazón cálido con el conocimiento y la educación, aprendemos a respetar los puntos de vista y los derechos de los demás. Eso es el cimiento de un espíritu de reconciliación que sirva para superar la agresión y resolver nuestros conflictos.

El Dalai Lama afirma estar convencido de que la solución definitiva de nuestros conflictos, tanto internos como externos consiste en volver a nuestra naturaleza humana básica, que es bondadosa y compasiva. En el pensamiento occidental se halla profundamente arraigada la idea de que el comportamiento humano es esencialmente egoísta. Nuestra cultura se ha visto dominada durante siglos por la convicción de que no sólo somos congénitamente egoístas, sino también agresivos. También son muchas las personas que han mantenido el punto de vista opuesto. David Hume escribió mucho sobre la "benevolencia natural" de los seres humanos. Un siglo más tarde, incluso Charles Darwin atribuyó a nuestra especie un "instinto de simpatía". Pero, por alguna razón, en nuestra cultura ha echado raíces el punto de vista más pesimista sobre la humanidad, al menos desde el siglo XVII, bajo la influencia de filósofos como Thomas Hobbes, quien tuvo una visión bastante pesimista de la especie humana, a la que consideraba violenta, competitiva y en conflicto continuo, únicamente preocupada por el interés propio. Hobbes, que se hizo famoso por descartar cualquier atisbo de bondad humana básica, fue descubierto en cierta ocasión dando dinero a un mendigo, en la calle. Al ser interrogado acerca de este impulso de generosidad, afirmó: "No lo hago para ayudarle, sino para aliviar mi propia angustia al ver su pobreza". La ciencia y la psicología occidentales se aferraron a ideas como éstas, admitiendo e incluso estimulando dicho egoísmo. Durante los primeros tiempos, la moderna psicología científica persistió en la suposición de que toda motivación humana es, en último término, egoísta y se basa puramente en el propio interés.

Después de aceptar implícitamente la premisa de nuestro egoísmo connatural, destacados científicos han añadido, la creencia en la naturaleza esencialmente agresiva de los seres humanos. Freud afirmó que "la inclinación hacia la agresión es una disposición original e instintiva que se sustenta a sí misma". En la segunda mitad de este siglo dos autores, Robert Ardrey y Konrad Lorenz, examinaron las pautas del comportamiento de ciertas especies animales depredadoras y llegaron a la conclusión de que los seres humanos también eran básicamente depredadores, dotados de una tendencia innata a luchar por la posesión del territorio. En los últimos años, sin embargo, el péndulo parece alejarse de esta visión profundamente pesimista, para acercarse a la sustentada por el Dalai Lama, la de la naturaleza bondadosa y compasiva del hombre. Durante las dos o tres últimas décadas cientos de estudios científicos indican que la agresividad no es innata y que el comportamiento violento está influido por factores biológicos, sociales, situacionales y ambientales. Al examinar el tema de la naturaleza humana básica, la mayoría de los investigadores de este campo tienen la impresión de que poseemos potencial para desarrollarnos como personas bondadosas y agresivas, y que prevalezca uno u otro depende en buena medida de nuestra formación. Los investigadores contemporáneos no sólo han rechazado la tesis de la agresividad innata, sino también la del egoísmo. Sociólogos como Linda Wilson, de la Universidad Estatal de Arizona, han teorizado que el altruismo puede formar parte de nuestro instinto básico de supervivencia, precisamente lo opuesto a las ideas de pensadores anteriores, quienes sostuvieron que la hostilidad y la agresividad eran la característica constitutiva de nuestro instinto de supervivencia. Al examinar más de cien grandes desastres naturales, la doctora Wilson encontró una fuerte tendencia altruista entre las víctimas, lo que parecía formar parte del proceso de recuperación. Descubrió que la ayuda mutua tendía a evitar problemas psicológicos derivados de situaciones traumáticas.

La tendencia a establecer estrechos vínculos con los demás, actuando en favor del bienestar colectivo, puede estar profundamente enraizada en la naturaleza humana, por haberse forjado en un remoto pasado, cuando aquellos que pasaban a formar parte de un grupo tenían mayores probabilidades de supervivencia. Esta necesidad de estrechos lazos sociales persiste en la actualidad. Los científicos están descubriendo que las personas sin estrechos lazos sociales tienen una salud deficiente, niveles más elevados de infelicidad y son más vulnerables al estrés. Abrirse para ayudar a los demás puede ser tan fundamental para nuestra naturaleza como la comunicación. Podría establecerse una analogía con el desarrollo del lenguaje, que, como la capacidad para la compasión y el altruismo, es una de las magníficas características para la raza humana. Hay zonas del cerebro específicamente dotadas para el desarrollo del lenguaje. Si nos vemos expuestos a unas condiciones ambientales correctas, como por ejemplo una sociedad en la que se habla, esas zonas del cerebro empiezan a desarrollarse y a madurar y aumenta nuestra capacidad para el lenguaje. Los investigadores tratan de descubrir cuáles son las condiciones de maduración de esa semilla en los niños. Por el momento han identificado varios factores: tener padres capaces de regular sus propias emociones, con un comportamiento altruista que los niños puedan imitar, que establezcan límites apropiados para el comportamiento del niño, que infundan en él responsabilidad y que utilicen el razonamiento para dirigir su atención hacia estados afectivos y hacia las consecuencias que puede tener su comportamiento sobre los demás.

Una vez que llegamos a la conclusión de que la naturaleza básica de la humanidad es compasiva en lugar de agresiva, nuestra relación con el mundo que nos rodea cambia inmediatamente. Ver a los demás como básicamente compasivos en lugar de hostiles y egoístas nos ayuda a relajarnos, a confiar, a sentirnos a gusto. Nos hace más felices. Cuando la vida se hace demasiado complicada y nos sentimos abrumados, a menudo resulta muy útil retroceder un poco y recordar cuál es nuestro propósito, nuestro objetivo esencial. Al afrontar la sensación de estancamiento y confusión, puede sernos útil tomar una hora, una tarde o incluso varios días para reflexionar y determinar qué es lo que verdaderamente nos aportará felicidad, para luego organizar nuestras prioridades. Eso puede resituar nuestra vida en el contexto adecuado, permitir una nueva perspectiva y ver el camino correcto. De vez en cuando, tenemos que afrontar decisiones fundamentales que pueden afectar el curso de nuestras vidas. Quizá decidamos, por ejemplo, contraer matrimonio, tener hijos o estudiar para ser abogados, artistas o electricistas. Una de dichas decisiones puede ser también la firme resolución de ser felices, de conocer los factores que conciernen a la consecución de la felicidad y dar pasos en esa dirección. Volverse hacia la felicidad como un objetivo alcanzable y tomar la decisión de buscarla de manera sistemática, puede cambiar profundamente nuestra vida.

El Dalai Lama ha llegado a algunas conclusiones definitivas sobre qué actividades y pensamientos son más valiosos. La utilización adecuada del tiempo es muy importante. Cada minuto es precioso. Nada nos asegura que mañana, a esta misma hora, estaremos aquí. A pesar de ello, trabajamos esperanzados. Así pues, necesitamos hacer el mejor uso posible de él. La utilización adecuada del tiempo consiste en servir a otras personas, a otros seres sensibles. Si no pudiera ser así, evitemos al menos causarles daño. Esa es la base de la filosofía del Dalai Lama. Así pues, es importante reflexionar sobre cuál es el verdadero valor en la vida, qué da significado a nuestras vidas y establecer nuestras prioridades sobre esa base. El propósito de nuestra vida ha de ser positivo. No nacimos con el propósito de causar problemas, de hacer daño a los demás. Para que nuestra vida sea valiosa, tenemos que desarrollar buenas cualidades, como cordialidad, afabilidad y compasión. Entonces, nuestra vida podrá ser más significativa y pacífica, más feliz.

Mirar a todo ser humano desde un ángulo positivo e intentar buscar sus aspectos positivos crea inmediatamente una sensación de afinidad, una especie de conexión. Hay que darse cuenta de la utilidad de la compasión, ese es el factor clave. Una vez que se ha aceptado que la compasión no es infantil o sentimental, una vez que se ha comprendido su valor más profundo, desarrollas inmediatamente el deseo de cultivarla. Cuando estimulas una actitud compasiva en tu mente, cuando se hace activa, tu actitud hacia los demás cambia automáticamente. Creas un ambiente positivo y amistoso. Con esa actitud abres la posibilidad de recibir afecto o de obtener una respuesta positiva de otra persona. Y, aunque el otro no se muestre afable o no responda de una forma positiva, al menos te habrás aproximado a él con una actitud abierta, que te proporciona flexibilidad y libertad para cambiar tu enfoque cuando sea necesario. Esa clase de apertura facilita al menos la posibilidad de tener una conversación significativa con el otro. Sin esa actitud de compasión, si estás cerrado, irritado o indiferente, te sentirás incómodo aunque seas abordado por tu mejor amigo. En muchos casos la gente espera que sean los otros quienes actúen primero de forma positiva, en lugar de tomar la iniciativa de crear esa posibilidad. Eso es un error que provoca problemas y que puede actuar como una barrera que únicamente sirve para promover el aislamiento. Si deseas superar ese sentimiento, la actitud que se adopte establece una diferencia tremenda. La mejor forma de acercarse a los demás es con el pensamiento de la compasión en la propia mente.

La semilla de la perfección está presente en el interior de todos los seres. No obstante, se necesita compasión para activarla. Según la teoría budista, son los méritos acumulados los que determinan las condiciones de los renacimientos futuros. La doctrina budista especifica dos campos de mérito: el de los budas y el de otros seres sensibles. Una forma de acumular mérito consiste en generar respeto, fe y confianza en los budas, en los seres iluminados. La otra supone practicar la amabilidad, la generosidad, la tolerancia y evitar acciones negativas, como matar, robar y mentir. Esta forma exige interacción con los demás, en lugar de interacción con los budas. Por eso, señala el Dalai Lama, los otros pueden sernos de gran ayuda para acumular mérito. Todos los factores necesarios para disfrutar de una vida feliz y gozosa, como la buena salud, los bienes materiales, los amigos, etcétera, dependen de nuestros semejantes. Para mantener una buena salud se necesitan los medicamentos fabricados por otros y servicios de atención sanitaria ofrecidos por otros. Si examinan todas las cosas que les proporcionan bienestar, descubrirán que no existe ningún objeto que no tenga conexión con otras personas. En la fabricación de esos objetos intervienen muchas personas, ya sea directa o indirectamente. No hace falta decir que cuando hablamos de buenos amigos y compañeros como otro factor necesario para llevar una vida feliz, hablamos de interacción con otros seres sensibles, con otros seres humanos. Los otros seres son indispensables. A pesar de que el proceso de relacionarse con los demás suponga a veces momentos difíciles, disputas, debemos intentar mantener una actitud de amistad y cordialidad, de modo que la interacción con ellos nos proporcione una vida feliz.

La preciosa independencia que tanto valoramos y exaltamos en Occidente es una fantasía. Nuestra preciosa independencia no es más que una ilusión, pues incluso en la camisa que llevamos puesta se encontraron implicadas muchas personas, desde el campesino que cultivó el algodón. Nuestra necesidad de los demás es paradójica. Al mismo tiempo que en nuestra cultura exaltamos la más feroz independencia, también anhelamos la intimidad y la conexión con una persona especial y querida. Centramos toda nuestra energía en encontrar a esa persona que pueda curar nuestra soledad y que, sin embargo, intensifique nuestra ilusión de seguir siendo independientes. Existe, por ejemplo, una clase de relación que es muy valorada en Occidente y es la que se caracteriza por una profunda intimidad entre dos personas, compartiendo los sentimientos más profundos. El Dalai Lama afirma que si alguien se ve privado de esa clase de intimidad puede sufrir trastornos. Cuando compartes tus sentimientos y problemas, la otra persona, la que te escucha, participa y de esa manera pueden afrontar juntos el problema. Prácticamente todos los investigadores de las relaciones humanas están de acuerdo en que la relación íntima es fundamental para nuestra existencia.

El psicoanalista john Bowlby escribió que "las vinculaciones íntimas con otros seres humanos son el centro alrededor del cual gira la vida de una persona... Estas vinculaciones fortalecen a las personas y favorecen el disfrute de la vida. Sobre esto la ciencia actual y la sabiduría tradicional están de acuerdo". La intimidad promueve tanto el bienestar físico como el psicológico. Los investigadores médicos han descubierto que las personas que tienen amigos íntimos, a los que pueden dirigirse para buscar seguridad, empatía y afecto, son los que más probabilidades tienen de sobrevivir desafíos, como ataques al corazón y operaciones quirúrgicas, y las menos propensas a padecer enfermedades como cáncer e infecciones respiratorias. Un estudio de la Escuela de Medicina de la Universidad de Nebraska sobre ancianos estableció que a quienes mantenían una relación íntima les funcionaba mejor el sistema inmunológico y tenían niveles de colesterol más bajos. Los investigadores parecen haber llegado a la misma conclusión: las relaciones íntimas benefician la salud. La intimidad es igualmente importante para mantener una buena salud emocional. El psicoanalista y filósofo social Erich Fromm afirmó que el temor básico de la humanidad es verse separado de otros seres humanos. Estaba convencido de que la experiencia de la separación, si se producía por primera vez en la infancia, constituía la fuente de toda ansiedad. John Bowlby se mostró de acuerdo y citó una buena cantidad de pruebas experimentales en apoyo de la idea de que la separación de las personas que nos cuidan, habitualmente la madre o el padre, durante la última parte del primer año de vida, era inevitablemente temor y tristeza en los bebés. En su opinión, la pérdida de relación interpersonal se encuentra en las raíces mismas de las experiencias humanas de temor, tristeza y pena.

Al buscar la respuesta en la ciencia, nos encontramos con que todos los investigadores están de acuerdo en la importancia de la intimidad, y que ahí termina la coincidencia. Quizá el resultado más notable de una revisión incluso rápida de los diversos estudios sobre el tema sea comprobar que existe una amplia diversidad de opiniones y teorías sobre qué es exactamente la intimidad. En un extremo del espectro está Desmond Morris, que en su libro "Comportamiento íntimo" define la relación íntima como "Intimar significa acercarse... La intimidad que se produce cuando dos personas entran en contacto físico". Tras definir la intimidad en términos de puro contacto físico, pasa a explorar innumerables formas de contacto físico entre los seres humanos, desde una simple palmada en la espalda hasta el abrazo sexual. Considera el tacto, desde un estrecho abrazo hasta modos indirectos de contacto físico, como la manicura, una forma de confortar a otros. Llega a decir incluso que los contactos físicos que mantenemos con los objetos de nuestro entorno, desde los cigarrillos hasta las joyas o las camas de agua, actúan como sustitutos de la intimidad. La mayoría de los investigadores, sin embargo, no son tan concretos en sus definiciones de la intimidad y están de acuerdo en que es algo más que una simple cercanía física. El doctor Dan McAdams afirma que "El deseo de intimidad es el deseo de compartir con otro lo más profundo de sí".

Los conceptos de intimidad ideal también varían a lo largo y ancho del mundo y de la historia. Los japoneses, por ejemplo, parecen encontrar la intimidad en la amistad, mientras que los estadounidenses lo buscan en apasionadas relaciones románticas. Los conceptos de intimidad también han cambiado espectacularmente con el transcurso del tiempo. Las ideas sobre el comportamiento privado e íntimo también han cambiado con el transcurso del tiempo. En la Alemania del siglo XVI, por ejemplo, se esperaba que la pareja de recién casados consumara su matrimonio en una cama rodeada de testigos. También se ha cambiado la forma de expresar las emociones. En la Edad Media se consideraba normal expresar públicamente, con gran intensidad y de manera muy directa, una amplia gama de sentimientos, como alegría, cólera, temor, piedad y hasta el placer de torturar y matar a los enemigos. Los extremos de risa histérica, llanto apasionado y cólera violenta se expresaban con una intensidad que no se aceptaría en nuestra sociedad. Pero con la frecuente expresión pública de los sentimientos, en esa sociedad no tenía relevancia el concepto de intimidad emocional; si uno manifiesta abierta e indiscriminadamente toda clase de emociones, queda poco para expresar los contactos privados. Las ideas sobre la intimidad no son universales. Cambian con el transcurso del tiempo, vinculadas a condicionamientos económicos, sociales y culturales, y además, en un mismo estadio histórico, por los comportamientos y definiciones.

Hay una increíble diversidad de vidas humanas, infinitos modos de experimentar la intimidad. Esta toma de conciencia, por sí sola, nos ofrece gran oportunidad. Significa que disponemos de vastos recursos de intimidad. La intimidad nos rodea por todas partes. Muchos de nosotros nos sentimos oprimidos por la sensación de que algo falta en nuestras vidas, y sufrimos a causa de la ausencia de una relación íntima. Esto es particularmente cierto cuando pasamos por los inevitables períodos en los que no tenemos una relación sentimental, o cuando la pasión se ha desvanecido. En nuestra cultura se ha difundido la creencia de que la intimidad se alcanza mejor con una relación romántica y apasionada, al lado de esa persona que singularizamos entre todas las demás. Éste puede ser un punto de vista muy limitado que nos aleja de otras fuentes potenciales de intimidad y causa mucha desdicha e infelicidad cuando ese alguien especial no está presente. Pero tenemos a nuestro alcance los medios para evitarlo; sólo tenemos que expandir valerosamente nuestro concepto de intimidad para incluir a todas las personas que nos rodean. Al ampliar nuestra definición de intimidad, descubrimos muchas formas nuevas e igualmente satisfactorias de conectarnos con los demás. Si lo que buscamos en la vida es la felicidad, y la relación es un ingrediente importante de una vida más feliz, está claro que tiene sentido orientarnos con arreglo a un modelo que incluya tantas formas de conexión con los demás como sea posible. El modelo del Dalai Lama se basa en la voluntad de abrirnos a todos nuestros semejantes, a la familia, los amigos y hasta los extraños, creando así vínculos genuinos y profundos basados en nuestra común humanidad.

En las relaciones existen muchos factores, no se puede decir que hay un único "método" o "técnica". El Dalai Lama afirma que acercarse a los demás en una actitud compasiva es crucial. Un método efectivo para inducir a ser más cálido y compasivo consiste en razonar acerca del valor y beneficios prácticos de la compasión, así como hacer reflexionar a las personas sobre sus sentimientos cuando los otros son amables con ellas. La empatía es un factor importante de la compasión, la capacidad para apreciar el sufrimiento del otro. Tradicionalmente, una de las técnicas budistas para acrecentar la compasión consiste en imaginar una situación en la que sufre un ser sensible. La empatía resulta extremadamente útil para situarse en el lugar del otro y ver cómo reaccionaría uno ante la situación. Aunque no se tengan experiencias comunes con la otra persona o su estilo de vida sea muy diferente, siempre puede intentarse con la imaginación. Esta técnica supone la capacidad para suspender temporalmente el propio punto de vista y buscar la perspectiva de la otra persona, imaginar cuál sería la situación si uno estuviera en su lugar, y cómo la afrontaría. Eso ayuda a desarrollar una conciencia de los sentimientos del otro y a respetar dichos sentimientos, algo importante para reducir los conflictos y problemas con los demás.

Siempre podemos acercarnos a los demás en el terreno básico de lo que nos es común. Todos tenemos una estructura física, una mente, emociones. Todos hemos nacido del mismo modo y todos moriremos. Todos deseamos alcanzar la felicidad y no sufrir. Al mirar a los demás desde esa perspectiva, en lugar de percibir diferencias secundarias, como religiones distintas y antecedentes culturales diferentes, experimentamos una sensación de hallarnos ante alguien que es exactamente igual que nosotros. Relacionarnos con una persona en ese nivel facilita el intercambio y la comunicación. No hay una o dos técnicas capaces de resolver todos los problemas, sin embargo, hay algunas cosas que pueden ayudar. Es útil conocer y valorar los antecedentes de la persona con quien estamos tratando. Mantener una actitud mental abierta y honrada también nos ayuda. Entre estadounidenses y europeos se han llevado a cabo muchos estudios que demuestran que en general la gente casada es más feliz y se siente más satisfecha con la vida que las personas solteras o viudas, por no hablar de los divorciados o separados. Una encuesta descubrió que seis de cada diez estadounidenses que califican su matrimonio de "muy feliz" también consideran su vida, en conjunto, como "muy feliz". Al analizar el tema de las relaciones humanas, es importante sacar a relucir esa fuente de felicidad.

Cuando se trata de conflictos en las relaciones humanas, hay muchos factores implicados. Cuando tratamos de comprender los problemas de la relación, es preciso reflexionar primero sobre la naturaleza fundamental y la base de esa relación. Antes que nada, hay que reconocer que existen diferentes clases de relación y examinar esas diferencias. Dejando de lado por el momento el tema del matrimonio y centrándonos en amistades corrientes, observamos que hay diferentes clases de amistad. Algunas se basan en la riqueza, el poder o la posición. En esos casos, la amistad continúa mientras tengas poder, riqueza o posición y, en cuanto desaparecen, la amistad se desvanece. Por otro lado, hay una amistad basada no en consideraciones de riqueza, poder y posición, sino más bien en el verdadero sentimiento humano, en un sentimiento de proximidad, en el que existe la sensación de compartir, de estar conectado. Esa clase de amistad es la que puede considerarse genuina, porque no la mediatiza la riqueza, la posición o el poder. Lo fundamental para una amistad genuina es un sentimiento de afecto. Si falta, no se puede mantener una verdadera amistad. Si se tienen problemas de relación a menudo resulta muy útil retroceder un poco y reflexionar sobre la base de ella. Del mismo modo, si alguien tiene problemas con su cónyuge, quizá sea útil examinar la base de la relación. A menudo hay relaciones cimentadas por una atracción sexual inmediata. Cuando una pareja acaba de conocerse es posible que se sientan locamente enamorados y muy felices, pero cualquier decisión tomada en ese momento sería muy inestable. Del mismo modo que uno puede enloquecer a causa de una cólera u odio muy intensos, también es posible que un individuo enloquezca impulsado por la intensidad de la pasión o el placer. Una relación basada en esa atracción inicial es muy poco fiable, muy inestable, porque se apoya en algo pasajero. Ese sentimiento dura muy poco, desaparecerá al cabo del tiempo. En consecuencia, no debería sorprender a nadie que la relación empezara a tener problemas, y todo matrimonio basado en ella tuviera conflictos. Algunas investigaciones han demostrado que quienes consideran la pasión y el romanticismo esenciales para su relación, suelen desilusionarse y divorciarse.

Muchas relaciones se basan en la atracción sexual inmediata, en otras la persona juzga con serenidad que desde el punto de vista físico el otro no es demasiado atractivo, pero es una persona buena y amable. Una relación como esta es mucho más duradera, porque genera una verdadera comunicación entre los dos. Conviene dejar claro que también se puede tener una relación buena y saludable que incluya la atracción sexual. Parece ser, por tanto, que existen dos clases de relación basadas en la atracción sexual. Una de ellas obedece al puro deseo sexual. En ese caso, la motivación o el impulso que hay tras el vínculo es realmente la satisfacción temporal, la gratificación inmediata y el edificio se desploma en cuanto se funde el hielo. No obstante, hay relaciones en que la atracción sexual si bien es poderosa, no es fundamental. Existe un aprecio de valores. Para establecer una relación semejante es preciso dedicar tiempo suficiente a conocer las características del otro. Muchos problemas aparecen sencillamente porque las personas no se conceden tiempo suficiente para conocerse unas a otras. La mejor forma de construir una relación verdaderamente satisfactoria es conociendo la naturaleza profunda del otro y relacionándose con él en ese nivel, en lugar de hacerlo simplemente a través de las características superficiales. Toda relación implica responsabilidad y compromiso. El enamoramiento, invariablemente mezclado con la atracción sexual, quizá sea un componente genéticamente determinado del instinto de apareamiento. Desde una perspectiva evolutiva, la tarea principal del organismo es la de sobrevivir, reproducirse y asegurar la supervivencia de la especie. Disponemos por lo tanto de mecanismos innatos que nos ayudan a que eso suceda; así, en respuesta a ciertos estímulos, nuestros cerebros fabrican y bombean sustancias químicas capaces de crear una sensación eufórica, el "entusiasmo" asociado con el enamoramiento que a veces nos abruma y bloquea otros sentimientos.

Las fuerzas psicológicas que nos impulsan a buscar el enamoramiento son tan compulsivas como las fuerzas biológicas. "Eros", el impulso hacia el amor apasionado y romántico, puede verse como el deseo de fusión con la otra mitad. Parece ser una necesidad humana, universal e inconsciente el fundirse con el otro, derribar las fronteras, llegar a ser uno solo con el ser querido. Los psicólogos llaman a esto el hundimiento de las fronteras del ego. Algunos creen que este proceso tiene sus raíces en nuestras primeras experiencias, las que tenemos en un estado primigenio en el que el niño se funde por completo con el progenitor o con la persona que lo cuida. Las pruebas sugieren que los recién nacidos no distinguen entre sí y el resto del universo. No poseen sentido de la identidad personal o, al menos, su identidad incluye a la madre, a otras personas y a todos los objetos de su entorno. En el momento de nacer, el cerebro todavía no está plenamente "conectado". A medida que el bebé crece y el cerebro madura, su interacción con el mundo que le rodea se hace más compleja y el pequeño va adquiriendo gradualmente sentido de la identidad personal. La formación de la identidad continúa durante la infancia y la adolescencia, a medida que el individuo entra en contacto con el mundo.

Somos el resultado del desarrollo de representaciones internas, formadas en buena parte por los reflejos del papel que tenemos en el conjunto de la sociedad. Poco a poco, la identidad personal y la estructura intrapsíquica se hacen más complejas. Es muy probable que una parte de nosotros siga tratando de regresar a un estado anterior, un estado bienaventurado en el que no existía un sentimiento de aislamiento o separación. Muchos psicólogos contemporáneos creen que la primera experiencia de "unicidad" queda incorporada a nuestra mente subconsciente y en la edad adulta impregna nuestro inconsciente y nuestras fantasías íntimas. Están convencidos de que la fusión con la persona amada cuando se está enamorado es como un eco de la que hubo con la madre en la infancia. Recrea esa sensación mágica, un sentimiento de omnipotencia, como si todo fuera posible. No es nada extraño, por tanto, que la búsqueda del amor romántico sea algo tan poderoso.

El papel de la proximidad y la intimidad en la felicidad humana es muy importante, pero si buscamos una satisfacción duradera en una relación, el fundamento de la misma tiene que ser sólido. Por esa razón, el Dalai Lama invita a examinar la base de nuestros vínculos. La atracción sexual, e incluso la intensa sensación de enamoramiento, pueden tener un papel en la creación del vínculo inicial entre dos personas, pero lo mismo que sucede con el pegamento, este factor tiene que mezclarse con otros ingredientes para formar una unión duradera, como el afecto, compasión y respeto mutuo. Estas cualidades nos permiten alcanzar una vinculación más profunda y significativa, no sólo con nuestro amante o cónyuge, sino también con amigos, conocidos e incluso personas totalmente extrañas, es decir, virtualmente con todos los seres humanos. Nos abre posibilidades y oportunidades ilimitadas para la conexión.

_______